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Un regreso de ida y vuelta, por David Fraguas. Presentación del libro “La deriva de los hemisferios”, de Emma Fondevila (Lastura, Antequera, 2016)

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“La deriva de los hemisferios” es la historia de un regreso de ida y vuelta, un viaje inaplazable hacia un otoño escrito en los márgenes de un cuaderno de versos y fotografías, un tango con el ritmo elegiaco de las primeras despedidas, un homenaje a la memoria que corrompe los sueños y los convierte en imprescindibles.

“La deriva de los hemisferios”, de Emma Fondevila, es un libro prudente y atrevido, entre triste y alegre, fatal y caprichoso, una pizca canalla y muy honesto, lleno de las contradicciones que definen la vida. “La deriva de los hemisferios”, de Emma Fondevila… O mejor dicho, Emma Fondevila, quien figura como la autora de “La deriva de los hemisferios”, nos reúne esta tarde, nos invita a compartir con ella este viaje.

Emma nació una tarde de primavera, tal vez una mañana de otoño hacia el íntimo dulzor del verano. Nació, decíamos, a orillas de una ciudad atrapada en los márgenes de un mapa de horizontes y espejismos (latitud 34˚ 36’ 14’’ Sur; longitud 58˚ 22’ 54’’ Oeste). Una ciudad de viejas librerías, de olvidos imposibles, de barcos alumbrados con luces de verbena, travestidos en pistas de baile. Nació, sabemos, en la deriva carnal de la música de Piazzola, en la cuerda que anuda las notas de jazz soñadas por Cortázar.

Una tarde de otro otoño –pudo ser invierno en el curso lento del río habitado por fantasmas de papel deshaciéndose– Emma subió a un barco, un avión de hélices nocturnas, y se alejó de la ciudad vivida, dejó atrás un futuro imposible, un nombre y un cuaderno lleno de hojas verdes, rojizas, tendidas al sol de otro hemisferio.

Viajó. Cruzó el ecuador y descubrió otra ciudad (les ahorro las coordenadas; al fin y al cabo, es una ciudad errante). Y aquí amó. Tal vez amó de nuevo. Pero sólo nos consta que amó. Que amó hasta el final de las noches, con la boca y las manos y los ojos desangrando versos y versos…

Ahora Emma publica un libro de poemas, lo titula “La deriva de los hemisferios”. Nosotros sabemos que el libro es una coartada, un señuelo para eludir ausencias. Nosotros sabemos que “La deriva de los hemisferios” es un salvoconducto, un santo y seña, un conjuro que anuda los días y confunde las fechas y las coordenadas (Sur, Oeste, Norte Oeste).

Imaginemos a Ilsa Lund (Ingrid Bergman, en la Casablanca del café de Rick y los comienzos de las hermosas amistades) en aquel aeropuerto con niebla, con el zumbido de las hélices de un avión a punto de partir. Imaginemos a Emma (digo Ilsa) diez, veinte, treinta años después (el tiempo se estira en los márgenes huidizos de los calendarios). Imaginemos que Emma (digo Ilsa) decide volver a aquel aeropuerto. La lógica implacable de los relojes, sabemos, le impide desandar los años. Pero Ilsa (digo Emma) ha conseguido un salvoconducto (ella lo llama “la deriva de los hemisferios”). Con él logra salvar la imposible distancia. Y regresa. Regresa, pensamos, para no subir a ese avión y terminar el verso que dejó a medias junto a Rick Blaine (aquel Humphrey Bogart cuya patria era una tarde de lluvia en un París de cartón piedra, viejo decorado de Hollywood). Lo pensamos porque Ilsa (digo Emma) ha descubierto un nombre en una lista de desaparecidos en los oscuros años de la dictadura de Videla.

La Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, firmada en 1994, lo considera como un “Delito de lesa humanidad” imprescriptible y lo define del siguiente modo: “Se considera desaparición forzada la privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes”. Hasta 2003, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación Argentina tenía registradas las denuncias correspondientes a, aproximadamente, 13.000 casos. Sin embargo, el propio Videla afirmó en una entrevista que las desapariciones habían llegado «hasta 30.000».

Emma ha descubierto un nombre en una lista de desaparecidos. Con el salvoconducto Emma regresa a la ciudad de hermosas primaveras y olvidos imposibles (ustedes ya conocen las coordenadas). El “olvido”, en el libro de Emma, no es olvido, no puede serlo. Emma tiende sus trampas, esconde ases que ella apenas adivina. El olvido, sabemos, es ensalmo que convoca un espacio mal iluminado, teñido a la media luz de los cuartos del tango de la calle Corrientes, habitado por fantasmas y viejos libros de poemas.

Emma regresa a la ciudad que ya no existe. Regresa para subir de nuevo a aquel avión. Como hiciera en otro escenario Ilsa Lund (de fondo el decorado de una Casablanca terrible y maravillosa), embozada en la niebla y la música de Piazzola (¿o era Sabina?), como hizo Emma aquella mañana de invierno cuando dejó atrás un mundo al que ahora no puede regresar. No puede regresar porque su salvoconducto es un mero pretexto para romper al fin las cartas nunca escritas y aceptar que el olvido es imposible. Imposible porque el tiempo del amor, como los crímenes atroces, no prescribe nunca. Imposible pero fatalmente necesario.

Esto es lo que Emma nos regala: la certeza de que siempre, cada hermoso atardecer que ella fotografía desde su casa de acá (con las coordenadas de un Madrid otoñal), cada mañana con lluvia al abrigo de un libro de poemas, cada noche de locura y nostalgia, ella subirá de nuevo en ese avión que la trajo acá (donde las coordenadas se mezclan y confunden), a este tiempo que es, al fin y al cabo, la vida en la deriva de los hemisferios.


Un regreso de ida y vuelta, por David Fraguas,

Presentación del poemario “La deriva de los hemisferios”, de Emma Fondevilla, Collado-Villalba, 24 de noviembre de 2016

Published inEncuentros, mudanzas y otras reflexiones

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